A una señorita cualquiera

Dulce falsa, bonita esperanza

asedia impertérrita mi pecho,

sin picar las sábanas abre el lecho

en las noches que no basta la chanza.

Mórbida, mala curiosa y cruel lanza

mis aspiraciones de ser un techo

para todo lo bien hecho

que se salve de esta matanza.

Y cuando la vida sonría

a los benditos malditos de ayer,

sobrará noche y día.

Las furcias vendrán a comer

las sobras de una cena tardía

antes de por putas perecer.

Midiendo vacíos

No hay horas perezosas y sueltas

para aquellos que hacían novillos;

ya no se dan de esas vueltas

de cuando éramos chiquillos.

El tiempo se extingue exangüe mientras

los buenos, los malos, píos y pillos

se percatan de que son todas funestas

las luces de nuestros cortos pasillos

Con los viejos nuevos ánimos forrados

de vida, riesgo, esperanza y prisa,

por estas manecillas apremiados.

Asistimos al entierro de la risa

a la que sepultan los ocupados

que han permutado infancia por VISA.

Metamorfosis y tiempo

El cristal ya no se mostraba tan ofensivo. Él, antes tan inerme ante los reflejos de su piel, ya no se ocupaba en temblar por los pensamientos ajenos. Ahora su pluma escribía segura, firme e indómita; valiente gracias al coraje que ella le había infundido. Sus maneras seguían siendo nerviosas, dubitativas e histriónicas en ciertos momentos; sin embargo, las rarezas de su indescifrable ser encontraraban ahora cierta armonía, pues eran bellas y estéticas en tanto a que estaban dirigidas a eso tan nuevo e importantante: quererla.

¿Qué decir de ella? Es difícil desentrañar la naturaleza de aquellas cosas que consideramos como perfecciones. Tal vez sea que, deslumbrados por un destello de inefable luz y poder, recuperemos aquello que teníamos de felices, ignorantes y puros bebés. Sea como fuere, lo cierto es que en él los buenos sentimientos habían causado las típicas molestias asociadas a los nuevos inquilinos, y, alcanzando su máximo esplendor, perforaban su mente embotándolo hasta la idiotez.

Él no conseguía atisbar su pasado…¿podía aquello haber sido maculado en algún tiempo? Mucho lo dudaba. Y aún en el caso de que se pudiera sentar que él había venido a alumbrar sus noches y apaciguar sus días…¿sería aquello remedio suficiente para velar sus sufrimientos pasados? Tanto interrogante lo acongojaba hasta la locura.

Supongo que él estaba empezando a descubrir lo que es entrelazarse plenamente las almas: salirse del presente, conjugar el futuro, masticar el pasado.

Una de cuentos: “Bosque azul”

Haber venido al mundo  bajo la estrella de la incomprensión y la miseria, y con el extraordinario don del ingenio y la ocurrencia es un sino sin duda complicado. Tal vez las historias que tienen por alma la furia sean de una naturaleza especialmente compleja de narrar; y quizá esta aparente dificultad intrínseca venga de lo difícil que resulta afirmar con exactitud cuándo se puede dar este sanguíneo sentimiento por comenzado.

En el caso que nos ocupa, el observador sensato distinguiría que el apasionamiento de nuestro protagonista se fragua en el momento de su concepción, o incluso daría por buena la conclusión de que la visceralidad en ocasiones puede estar escrita en un soporte etéreo que aventaje en siglos a aquel que la predica.

Consideraciones aparte, lo indudable es que esta es, de una forma insultantemente breve, la historia de un hombre. Un hombre que tomó por fachada el nombre de Raúl Campos y las apariencias de uno de aquellos que torean a las buenas costumbres como si de morlacos se trataran. Nacido en austeras tierras castellanas; zonas de sobriedad y eminente falta de actividad típicamente rural, ocurrió con él lo que con todos los rufianes rodeados de aquellos que, bajo un convencimiento nada genuino, se ajustan a la letra de las leyes y costumbres. Hijo de pobres campesinos que lo condenaron a una orfandad efectiva, y que por todo cobijo le dieron un hogar donde el frío ajaba incluso a las alimañas que lo poblaban; una casa humilde de un único piso donde hubo de ingeniárselas desde la más temprana edad para sobrevivir como otro tahúr de tantos. Sin embargo, no haríamos justicia a la verdad si obviáramos que las maldades con las que se adornaba eran de un ingenio prodigioso nada común en los delincuentes de baja estofa. Incluso podríamos decir que sus obras tenían guiños a lo poético.

Reconocible aparte de por sus fechorías y agridulce humor por unos prolongados rizos azabaches que caían en tirabuzones sobre una bien formada espalda; del mismo modo que por unos ojos castaños infinitos en su profundidad y centelleantes de malicia, podríamos afirmar sin temor al error que la característica física más llamativa del hombre que nos ocupa era su imponente tamaño, tanto hacia los cielos como de columna a columna de su vigoroso ser. Su descomunal entidad era aderezada por el tono tostado de aquella piel bruñida en los veranos y curtida en las lunas más cortas,  dura e impertérrita ante las más aviesas desavenencias. Un manto que encontraba un tupido espesor en los pómulos, la barbilla y el mentón del castellano, un abrigo de barba densa y desaliñada, que le confería un aspecto aún más toscamente viril.

No obstante todo ello, no debemos caer esta vez en el tan recurrente desacierto de juzgar las cualidades de un corcel por su pelaje; pues era por todos reconocido que Raúl Campos, que en el momento de nuestra anécdota contaba con veinte recorridos a cada estación del año, era un rufián de singulares dotes. Si bien eran célebres sus crueldades, no lo eran menos por lo inhumano y vengativo que por lo imaginativo. Llegó a afirmarse por las gentes de su vecindad que de chico, tuvo el estómago (y el cerebro) suficientes para desencajar los ojos de las órbitas de su máximo antagonista en la escuela; contándose que se sirvió del esotérico método de la hipnosis,  obligando a su oponente a cometer tamaño acto sádico.

También es reputado y más conocido el suceso en el que, ya de mozo, entabló enemistad con un anciano de la comarca con razón de que éste era, dentro de los pocos que no le temían lo suficiente como para protestar ante sus felonías, su más ferviente detractor. Así que, en venganza por su intolerable atrevimiento, durante el trascurso de una noche que le otorgaba un velo tan negro como su alma condujo a toda la cabaña del viejo hasta un despeñadero que, en su fondo, se estrellaba contra una de las heredades del veterano. Al día siguiente, y valiéndose de intermediarios oportunamente convencidos, hizo que su odiado mayor visitara esa finca de entre todas las suyas, descubriendo con un pavor que hubiera hecho poner el grito en el cielo al más taimado de los seres el mefistofélico crimen que el joven había perpetrado. La muerte de todas y cada una de las reses era lo de menos; la verdadera maldad estribaba en que, en un ataque patrocinado por el espíritu de la perversidad , nuestro protagonista de yerma conciencia y espurios propósitos, una vez observado el dantescamente bello panorama que acababa de crear y con las pulsaciones haciendo latir su pecho como si del batido de las alas de un colibrí se tratara, se sumergió en una orgía de deliciosa voluptuosidad. Equipado con instrumentos de toda índole, procedió a dar rienda suelta a todos los bajos sentimientos que en él se contenían como toros espoleados en un redil cuya portilla se abre; dejando todo lo ordenado y correcto al socaire de las ocurrencias más pérfidas. Y de este modo, tras una velada de depravada felicidad y laboriosidad, dejó su inusitado regalo hecho paisaje listo para su receptor quien, a su llegada a su dominio, no pudo menos que sentir cómo la cordura lo abandonaba junto con la sensibilidad, que moría al contemplar aquel espectáculo inenarrable de pellejos, vísceras, huesos y casquería; todos ellos combinados de formas inenarrablemente soeces, teñiendo de un bermejo desolador los anoche inocentes campos de La Meseta. Se dice que el impacto psicológico que aquel infeliz sufrió lo arrobó de la vida de los hombres, y si bien nadie puede hablar con propiedad acerca de su salud mental, lo indudable es que el pobre diablo jamás volvió a hablar, o mejor dicho, a proferir algo inteligible al margen de los alaridos que copaban sus noches, noches que empeñaba en largos paseos por aquel rústico paraje maldito con un conjuro escarlata.

Regresando ya al tiempo que enmarca nuestros pasos sobre tinta; debemos visualizar a un joven maduro con lo peor de ambas edades. Experimenta las ansias por lo frívolo y lo inopinado de la bisoñez, esas ganas de experimentar con cuerpo y alma aún por encima de la seguridad y el orden del cosmos, es joven porque los poderes y las normas no significan para él más que un aliciente más a guiarse por sí mismo.

Y por igual,  se ve a sí mismo como un ser lleno de hastío y desprecio absoluto por lo humano; para él las costumbres, los resquicios de lumbre en que las personas intentan asegurar sus lóbregas e insípidas existencias, los abrevaderos de los que tratan beber una panda de miserables criaturas fruto del azar y el pecado; todo ello le parece fútil e hilarante. La situación del hombre no es para él más que un breve tránsito en pocos actos a través de una divina comedia que se interpreta una y otra vez con la misma pobreza. A través de su misantropía y carcoma, observamos que también es viejo.

Era una tarde en la que el cielo había regalado una luz rojiza de unos reflejos espectaculares justo al borde del ocaso. La despedida del astro rey se perfilaba como un espectáculo natural de proporciones magníficas, pues tal pareciera que ríos de sangre de criaturas celestiales descendieran desde lo alto de las estiradas y finas nubes que poblaban la cúpula celestial, para regar con sus tonos bermejos los campos que amarilleaban durante la hegemonía diurna del Sol. Un leve viento soplaba desde algún punto indeterminado, creado una ligerísima brisa que transportaba aromas desde los apriscos; perfumes de lavanda y romero que avivaban los sentidos y estrechaban los puentes que se tienden entre el hombre y la Creación.

Como el primer latigazo de la noche inmiscuyéndose en la belleza de aquel instante más propio de lo divino que de lo terrenal; se oyó un leve crepitar de ramas rotas por el camino que separaba los diferentes terrenos. Equipado con unas botas de cuero barato, oscuras y desgastadas, cuyos remaches metálicos hacía tiempo que no relucían bajo el mate y óxido que ahora los poblaban; unos pantalones de pana dura, de un marrón de tono más amable, muy largamente remendados y con la misma apariencia vetusta y una sucia camisa blanca de tela de baja calidad, hedionda por el sudor y el sebo, tal vez por los restos de sangre, y colmada de jirones y puntos en los que se deshilachaba. Había perdido ya casi la mitad de unos botones que parecían rogar abandonar su misión, haciendo así volar su camisa al azar de los vientos. De los accesorios que acompañaban su vestimenta poco hemos de comentar: se limitaban a un sombrero de hombre de pocos dineros y una cimitarra, muy al estilo de los moriscos, oxidada y largamente usada y que, como acertadamente supondrá el lector, no dejaba de ser blandida por su dueño cada vez que se le presentaba ocasión propicia para ello.

El semblante ido y meditabundo de Raúl Campos no era de novedad para ningún local; sin embargo, sí lo era que sus abstracciones lo llevaran hasta los confines de las zonas urbanizadas, y esa, como cualquier otra variación de su rutina, sólo podía significar que algo insidioso perpetraba. El sordo crujido de la madera fina bajo su paso le hacía sentirse un titán; se contemplaba como una Hidra que aterrorizaba hasta a aquello que no tiene capacidad para padecer; el deleite que su situación de temido le granjeaba sólo era equiparable a su voluntad de infringir aún más daño. La monstruosidad se había convertido en su patria y bandera.

Cualquiera diría que durante aquel paseo los sentidos del castellano no se hallaban pendientes de lo que ocurría en rededor de él; y sin embargo, su percepción sensorial estaba exaltada hasta un punto indecible. La maldad que ahondaba en el fondo de su ser se hallaba hambrienta; no había sido convenientemente atendida durante la última quincena, y demasiado bien se sabía en la vecindad que el carácter de Raúl Cámpos mucho se asemeja a las tormentas que sólo cejan en su empeño de asolarnos cuando precisan de cierto tiempo para volver aún más furibundas.

Cuando los tonos oscuros estaban a punto de igualar la partida a la claridad del día que vencía, el paisaje que surgía al paseo del pervertido acogió un espontáneo cambio. En una inflexión del terreno, seguramente propiciada por el paso de un riachuelo o alguna otra corriente de agua, se alzaba un pequeño pero frondoso bosque de árboles ribereños; de aquellos de tallos enjutos, hojas fugaces y estrechas, y que se erigen como un verdadero oasis dentro del romántico pero a veces mustio paisaje castellano.

De tal suerte que pareciera imposible hallar cualquier tipo de actividad de interés (y el lector comprenderá a qué tipo de interés no estamos refiriendo en este caso) entre los vastos parajes yermos que se podían divisar en toda su amplitud; Raúl Campos optó por intentar exprimir sus oportunidades en aquel abrigo verde, un velo que tal vez pudiera ser descorrido con una breve exploración, y que quizá albergara tesoros de incalculable valor, máxime para alguien con sus forma de concebir la moral.

De esta forma, se adentró en los primeros arbustos, que servían de antesala a aquel ecosistema tan diferente a todo aquello que lo circundaba. El paso entre los primeros árboles de mayor tamaño fue como el tránsito bajo el dintel del pórtico de algún lugar santo, pues sintió no una mutación, pero sí una sacudida de naturaleza violenta en su espíritu. Unos metros más de recorrido sirvieron para cerciorarse de que la temperatura había descendido muy significativamente, no tanto por la caída del día como por la entrada en aquella nueva realidad. La tierra que pisaba también había variado su consistencia, y ahora era de una textura mucho más blanda y maleable, hasta el punto de que sus botas, que ya no encontraban ramas algunas que quebrar, chapoteaban y se hundían ligeramente en el barro a cada paso. Tras la intrusión, el nivel general de luz había sido cambiado; no tanto en su intensidad como en sus tonalidades. De ese aire transparente y traslúcido al que todos estamos tan habituados, Raúl Campos había pasado a un ambiente donde todo el éter que parece impregnar las sustancias e invadirlo todo, era colorido. Y aún más extraño que esto resulta que, aunque visto desde fuera el bosque tuviera por color el verde; la luz, y aún más que la luz, el ambiente dentro del bosque (las sombras, los vacíos, los lugares que no alcanzan a ser bien percibidos por la vista…) era de un azul marino velado, apagado y quizá melancólico, que confería a aquel lugar, que cada vez más parecía una galaxia en sí misma que un rescoldo de Castilla, un carácter mágico.

La actitud de nuestro protagonista ante toda la novedad que se le presentaba era indescriptible: si bien hemos hecho referencia a sus maldades, también se ha reportado acerca de sus dotes intelectuales; y aunque no las tuviera, todo el escenario que se acaba de narrar habría hecho huir despavorido aun al más iletrado de los gañanes. Sin embargo, hemos de advertir una singularidad más respecto al bosque: era de un solo tracto. Los primeros compases de su inmersión entre la espesura habían sido sin duda voluntarios; en cambio, a medida que todo se iba haciendo más definitivamente azul, cuando los árboles ya eran lo único que podía oler (su olor a naturaleza, húmeda y penetrante, era muy característico), cuando ya se encontraba por completo dentro de él, hubo de percatarse de que sus pasos ya no eran suyos. Si bien su ritmo nunca se aceleró, ya nunca se detuvo por voluntad de aquel que siempre se había dicho su dueño.

Cuando volvió la cabeza para ver la entrada y a cuánta distancia se encontraba de ella, contempló, víctima de un creciente nerviosismo e inquietud, que ya lo acertaba a distinguirla. Estaba seguro de no haber caminado (o sido obligado a caminar) más que durante unos minutos, y, sin embargo, ahí estaba toda la frondosidad de los matojos y plantas de menos tamaño privándole de la vista del exterior. Era como si las bisagras de la naturaleza se hubieran cerrado a su paso. Desesperado, alzó su vista a lo alto, para comprobar que las copas de los árboles más altos también habían cerrado filas y, ganando repentinamente en voluptuosidad y volumen, habían cerrado insondablemente los cielos. Era curiosamente inquietante que ni siquiera un haz de la luz rojiza que sin duda debía persistir en lo que ya en su interior bautizaba el mundo de fuera, pudiera colarse trémulamente por alguna rendija; lo que da una idea bastante fiel de la separación que existía ya entre las dos realidades.

Hemos cometido el imperdonable pecado de no referir nada acerca de los sonidos de tan singular lugar. El ruido de las pisadas de Raúl, fangoso y binario, constituía la base rítmica para toda una orquesta de fenómenos de la naturaleza. Allá donde se cruzara, un animal se ahuyentaba provocando algún alarido, gemido, queja o gruñido, y éste, a su vez, desencadenaba reacciones del mismo tipo en los circundantes. A pesar de ellos, éstos no dejaban de ser sucesos puntuales, dado que la verdadera música del bosque residía en el rumor de un agua ubicuo; cuyo eco rebotaba aquí y allá, haciendo inidentificable su procedencia. El amable y elevado sonido de la corriente venía eternamente acompañado con un gorjeo humano. Una ninfa, o quizá más bien una náyade agitaba el arpa de su garganta para adereza de melodía aquel bello correr líquido.

El canto de la que mediante su voz se hacía dueña del bosque era de una belleza inefable: pese a no estar hilado en lengua humana alguna, o al menos no de las conocidas, su musicalidad y el timbre de aquella voz de azúcar y miel cautivaba de inmediato a aquel que lo escuchara, transportándolo instantáneamente a un mundo de paz y sosiego, era un vehículo directo a la eudaimonía, un medio a través del cual el hombre se desprovee de su carcasa de carne y hueso y, fugazmente, encuentra eso poco que tiene de deidad.

Raúl Campos poco conocía de música, pero ante tal manifestación de maravilla no pudo menos que doblegar su parte de ser ignominioso durante unos instantes para detenerse a reconocer la indescriptible belleza de aquellas notas, que sobrepasaban en todo a lo jamás interpretado terrenalmente. Sin embargo, el color frío del ambiente, por no hablar del mar de rarezas (siempre insuficientemente descritas) en el que acababa de naufragar, comenzaban a crean una opresión en su corazón. Sin mayores motivos que la incredulidad y la perplejidad ante lo inusitado de la situación, comenzaba a albergar dentro de sí un sentimiento de profunda desesperación. Podríamos achacar tal sensación a la impotencia por no poder gobernarse o quizá al temor ante lo que el bosque podía deparar; en cambio, estas hipótesis son desdeñables desde el momento en que nos es dado el carácter malignamente paciente y bárbaramente desprovisto de miedo del castellano.

Con el avance de los espontáneos pasos; se comenzó a distinguir un lugar en medio de la maraña natural que parecía estar menos densamente poblado a tenor del mayor grado de luminosidad que allí se intuía. Llamativamente, los cantos antes narrados se iban haciendo más sonoros y densos a medida que la distancia hacia el claro se hacía menor; empero, su ininteligibilidad en cuanto al idioma seguía siendo exactamente igual de opaca. Por fin, tras unos últimos metros en los que el torrente sanguíneo del pasajero del bosque se había acelerado de manera notable, su peculiar medio de transporte lo depositó con la brutalidad de una diligencia espoleada por caballos encabritados a la extraña luz de aquel no menos peculiar lugar.

En primer lugar debe decirse que tan pronto como sus pies cruzaron la frontera entre los árboles y el descampado la persistente fuerza que lo empujaba irremisiblemente cesó de una manera tan repentina que el villano no pudo sino caer como un pelele sobre una agradable capa de mullida hierba; fresca por un rocío nocturno y marino, pues no nos olvidemos de que allí todo era azul.

Antes de incorporarse y otear por primera vez la nueva perspectiva; notó el proscrito que una especie muy genuina de frío le invadía. Nos es dado por común y universal que el frío proviene de los factores externos, que lo gélido y lo tórrido sólo nos puede atacar desde fuera (salvando los casos de las fiebres), y que por ello tenemos una piel a modo de coraza para protegernos en la medida de lo posible de estas vicisitudes. Pues bien; en contra de toda esta construcción mental tan globalmente aceptada, una especie de hielo empezó a hostigar al hombre que ocupa nuestras líneas; de tal suerte que pareciera que su corazón había dejado de bombear sangre para ocupar sus latidos en llevar un agua fresca, como la que proviene del deshielo en primavera, a cada rincón de su indeseable y pecaminoso cuerpo. Esta forma de encontrar lo gélido, completamente novedosa ya no sólo para Raúl, sino para la humanidad considerada como un todo; surtió pronto los efectos que el lector puede fácilmente prever: sus labios oscurecieron notablemente; toda la piel en general adquirió una tez mortecina y cadavérica, como la de aquellos que han dado con lo que queda de sus huesos en la morgue, las extremidades se entumecieron notablemente, al punto de provocar sabañones y congelaciones irremediables en los dedos y, podemos afirmar con vocación de totalidad que su cuerpo, tanto en las partes firmes como en las articulaciones, ganó increíblemente en rigidez, adquiriendo un porte estatuario (no se sabe bien si el de una estatua tratando de hacerse hombre o la de un hombre a punto de morir petrificado).

Con todo, y como la vida sigue su insensible curso, hubo el hombre de recomponerse para aprehender la nueva realidad que le rodeaba. Con ello, divisó una planicie de no más de una hectárea de largo por media de ancho, rodeada en su entera totalidad por el mismo ambiente (que cada vez se le dibujaba como más tenebroso) que hasta allí le había conducido. El llano estaba cubierto por el mismo tipo de césped sobre el cual se había precipitado anteriormente; una base verde moteada por salpicaduras de color en forma de margaritas, dientes de león, lavanda y algunas otras flores cuyo conocimiento y descripción no me es dado. El paisaje estaba atravesado transversalmente por una corriente de agua pura y translúcida como el cristal recién ornado. Tal riachuelo (pues su escasa entidad no permitía bautizarlo de otra manera) resultaba por primera vez para Campos una explicación reconfortante; pues se alzaba como una respuesta armoniosamente satisfactoria a aquellos silbidos líquidos que no hace tanto le habían inquietado durante su viaje.

Sin embargo; algo pronto cautivó los sentidos y el alma del hombre con el que la naturaleza se entretenía; pues el pavor sobrecogió a Raúl Campos en el mismo momento en que se percató que el transcurrir de las aguas era, en base a todo lo que él creía saber, antinatural pues, por azar de alguna fuerza demoníaca, se podía observar cómo el líquido remontaba su curso por la ligerísima pendiente de la pradera, hasta lo que parecía ser su nacimiento.

Dicha fuente en la que se inmiscuía como por obra del averno el agua no era más que una exigua oquedad en el medio de cuatro piedras de un tamaño aproximadamente como el de un hombre mediano; atestadas por el moho y el musgo y cubiertas en sus más partes rugosas de líquenes de un color marronáceo y gris. De muchas partes de la piedra; rugosa y con pequeños poros, brotaban briofitos y otras plantas de simple estructura; todo ello muy al modo de lo que hubiera podido ser un bebedero corriente.

Sería de ilusos pensar que el acontecimiento ingrávido antes descrito no fuera a provocar a la malsana curiosidad del visitante quien, más pronto que tarde, comenzó a hacer uso de su recobrado gobierno sobre su motricidad; teniendo tales movimientos por objeto el acercarse al abrevadero. Una vez hecha tal cosa, y no advirtiendo imagen novedosa alguna, el descarriado se percató de un murmullo juguetón, divertido, inocente; un sonido ilusionado como brotado del batir de las alas de un querubín. Esta música, sin embargo, no tenía la nota sobrenatural de todo lo acontecido hasta el momento; lo que incendió con perversidad el pecho del criminal, apagando en llamas de terrenidad el hielo que en su ser ardía apagándolo todo.

Los cuchicheos, que indefectiblemente eran humanos (pues dos eran las voces en inarticulado diálogo), procedían de la cara opuesta de la fuente; y como no es difícil de suponer, el lugar fue rápidamente inspeccionado por el intruso entre árboles.

¡Cuál fue la sorpresa ante aquel hallazgo! Nos apenas núbiles criaturas de Dios yacían despreocupadas y semidesnudas a la sombra de aquellas rocas húmedas. Retozaban alegremente en el pasto virgen, acariciándose de tal modo que el acto de sus pieles en las del otro se fundía con los arrumacos de las briznas de verde. Disfrutaban del frescor, de la leve brisa que mecía sus jóvenes y esperanzados cuerpos al son de unos cuatro vientos que les susurraban fortuna a los oídos. Tal vez sólo disfrutaban una amable y bondadosa velada juntos, o pudiera ser que fueran ya novios; pero lo cierto es que los labios de él se fundían con los de ella ocasionalmente en medio de toda una orquesta de movimientos cómplices; sus seres interpretaban con sus cuerpos una pieza en la que todos los acordes se recreaban melodiosos; pues aquella constante fricción llena de placer afinaba sus instrumentos hasta una perfección sólo imaginable en el campo de lo celestial.

¡Qué bello todo aquello!¡Qué proporcionalmente horrible todo lo que les esperaba! No más de una par de vistazos sobre la silbante roca le bastaron a aquel ser sin uso de la bondad para hacerse una perfecta idea de qué era lo que allí había, pasando inadvertido, y lo que es más terrible, para desplegar en unos cortos minutos todo su deleite intelectual, para aplicar todas sus fuerzas físicas y volitivas a crear un ambiente dantesco, un horror medieval, a crear muerte a través de la desesperación, es decir, a entregarse a una de sus tan reputadas orgías llenas de oprobio y maldad. Atrás parecían quedar el hielo y las aprensiones.

De un salto felino superó las rocas que daban cobijo a su imagen, y antes de que el púber pudiera completar un grito que quedó ahogado, le hundió el filo de la cimitarra en la garganta, sesgándole toda posibilidad de comunicación oral y dejándolo sumido en un ahogo paulatino en su propia sangre. En cuanto a su querida; de buen seguro es que no se había recuperado del impacto emocional de la circunstancia cuando, de un violentísimo golpe a puño cerrado, le fue arrebatada toda consciencia del mundo exterior. El cóctel que formaban el moribundo y la durmiente ofrecía una gama de posibilidades delirantemente deliciosas para tan depravada mente.

La determinación tomada por el maleante fue la de acabar con la integridad y la vida de la muchacha para aderezar de sufrimiento amoroso la propia muerte del varón. Hecha tal decisión, procedió a cubrir con la camisa del chico, mientras este iba cubriendo de carmín el verde, la cara de la mujer casi niña; y tras anudarla firmemente continuó infringiéndole todo tipo de excoriaciones y despellejamientos en diversas partes del cuerpo, torturas que ella soportaba entre terribles alaridos y peticiones de una muerte rápida. Todo ello era contemplado con infinita pena, rabia y odio por el impotente actor, quién no acertaba a articular más sonidos que los de sus sollozos y sus lágrimas al chocar contra el suelo.

Comoquiera que aquello sucediera, los ríos que formaban la abundantísima sangre que había perdido el degollado y toda la que su amada estaba derramando a causa de las excoriaciones comenzaban a formar ríos bermejos sobre tan pura tierra. Dado que los dos sorprendidos no habían sido muy separados por su agresor para su mayor deleite visual, las corrientes rojas que manaban de sus rotas pieles llegaron a juntarse no muy lejos de la ribera del riachuelo, haciéndose así uno afluente del otro y los dos pronto del verdadero agua, quedando así los destinos de los tres (él, ella y el bosque) insondablemente unidos. Cuando las primeras gotas de sangre hubieron llegado a macular la cristalina substancia, algo con tintes de inverosimilitud ocurrió.

Enajenada, furiosa y desatada, el agua se reveló contra el profanador de su pureza. En una sucesión de contorsiones, remolinos y oleaje ignotos, deshizo su curso natural, volviendo su viaje hacia la fuente de donde había manado. Aquel espectáculo inaudito, inédito incluso ante unos ojos que eran fedatarios de las más cruentas anécdotas, dejó petrificado a Raúl Campos, quien con su arma aún goteante de restos de vida escarlata, no podía sino admirarse con temblorosa fijación de tan inusitado fenómeno.

Mas nada de lo sucedido podía calificarse de sobrenatural en comparación con lo venidero. Al tiempo que el primer rubor líquido penetró las hendiduras de la fuente, un crujido sobrecogió todos los entes que en el claro se hallaban. La espesura de zafiro de las matas se trocó negrura de azabache; los sonidos de la amable ninfa dieron paso a los crujidos de una agresividad grave, sonora y retumbante, que amenazaba con sus notas al tiempo que parecía ordenar el crecimiento de la tenebrosidad en sus proximidades. Como digo, las fronteras de la visión que antes configuraban el azulado éter junto con los árboles más cercanos del bosque fue convertido en una oscuridad difusa, impenetrable e impávida, que amedrentaba a una alma, la de Raúl Campos, que empezaba a oír como crepitaba la hoguera de su pila fúnebre.

Sin embargo, la nota que coronaba aquel funesto remozado del paisaje fue la luz. Aquella calma indecisa de antes habíase tornado en un malvado, enfurecido y vengativo rojo, el bosque versaba por medio de su color sus propósitos, gritaba en luces y formas su voluntad, prendía un estertor a tono con su vitalidad para glosar en llamaradas que el sino de su ofensor se hallaba sellado.

No se sabe hasta qué punto la faz de Raúl Campos era bermeja en aquel momento debido a los nuevos filtros o pálida a tenor de las circunstancias. Estupefacto, le era imposible contraer o relajar un solo músculo. Impotente ante la magnificencia de aquello que lo asolaba, había dejado caer su cuchillo junto con su mandíbula. Gotas de un sudor frío acosaban en crecientes torrentes su rostro, unas facciones de greotesca ansiedad y fatídico pavor, una desgarradora mirada ya no implorante, sino aterrorizada ante la impotencia frente a un destino nada prometedor. Así, la mueca que se dibujaba en sus rasgos comenzaba a hacer de él la caricatura de un hombre que fue, más que la realidad de un presente verdaderamente efectivo.

La agitación corría en acelerados torrentes por sus venas, y la excitación sería aún mayor cuando girara su torso para echar un vistazo a la pareja que ya tan poco le preocupaba. Para su ya irreversible delirio, no halló nada junto a las bases de la fuente, ni amantes, ni cuchillo, ni sangre. Solo hierba vista en tonos rojos. Solo él; sólo aquellas melodías de mortaja. Al volver de nuevo su mirada hacia la infinita negrura; el escalofrío adquirió ya un carácter definitivamente superlativo: orlado por la oscuridad, enmarcado en un perfecto borde circular de tinieblas, allí se erguía un avieso y gigantesco ojos de pupilas rojas como hierro vivo. Su iris era estrecho, y se dilataba y contraría para enfocarlo con toda su incandescencia a él, a Raúl Campos, para fijar en su otrora indómita figura toda su mágica fuerza, volcando sobre él todo su sobrehumano potencial.

Haciendo del criminal amansado su diana, se elevó hasta la cúpula basáltica de aquel lugar, y creciendo violentamente en tamaño y violencia, profirió mediante su oblonga negrura un grito desgarrador, inhumado, inefable para todo aquel que no haya explorado suficientemente el mundo de lo onírico.

Tras aquel terrorífico y grave clamor, el fuego ocular se extinguió, y presa del alivio que abraza a todo aquel que se siente a salvo después de una situación de peligro, Raúl Campos profirió una risotada delirante, animal, completamente salvaje. Su pecho aún latía maquinalmente, pero ya había perdido completamente el juicio.

Aún poblaba el sudor miedoso su frente y la adrenalina sus arterias, todavía temblaban sus piernas cuando el funesto destino se decidió a realizar su acometida final. Haciendo gala del descuido del recién afortunado, y abandonando todo tipo de agudeza en la percepción del alrededor (aún escarlata, sea dicho), el infeliz de nuestro protagonista había inadvertido la crecedera del bosque. Tanto en superficie abarcada como en densidad, los árboles y matojos crecían y crecían a una velocidad inopinada, y solo fue el desdichado conocedor de esto cuando un grueso tronco, en pleno proceso de acelerado ensanchamiento, le golpeó la nuca haciéndolo avanzar de sopetón un par de pasos.

En ese momento, dando vueltas como un pato mareado y ojiplático como una lechuza, Campos se comenzó a ver irremediablemente rodeado de roja, agresiva e incesante vegetación. En un breve soslayo, dilucidó el sendero que había sido su entrada a tan indeseable lugar, y que ahora se alzaba como su única esperanza de salvación.

En una carrera nada elegante a causa del miedo, pero harto decidida cpor el mismo motivo, arrancó la vía de regreso al mundo, porque aquello, definitivamente, no merecía ser llamado mundo. Braceando entre hinojos, brezos y todo tipo de vegetación de mediana altura, descubría que aquel su camino, era sensiblemente más dificultoso que cuando una fuerza innominada lo llevó bosque adentro. El aumento de la mata que todo lo poblaba hacía muy penosa la travesía. No fue solo una vez la que Raúl Campos cayó besando el suelo y sesgándose la carne y la cara con el duro espino del ambiente. Múltiples veces sus rodillas chocaron contra vigas de madera que antes no existían, provocando mayúsculas hinchazones y dolorosísimos cardenales.

La vida interior de Raúl Campos había sido indefectiblemente trastocada, las lágrimas de la desesperación brotaban en sus ojos con la profusión de un manantial tras el invierno. Podría decirse que su invierno había durado toda la vida. Su temblorosa piel intentaba ahora recordar a su madre, a aquella tosca mujer que tan pocos parabienes y atención le había brindado, pero que, pese a todo, le dejaba algún recuerdo del sencillo amor que habita en una caricia entre sábanas al anochecer. Examinaba todas sus maldades renegando de si mismo hasta tal punto que negaba que aquella vida hubiera sido la suya. Sacudía la cabeza violentamente de un lado a otro mientras su respiración se entrecortaba por los jadeos y los sollozos.

Por fin, la luz del prometido exterior. A lo lejos, se empezaba a aventurar la blancura del día. El Sol debía de estar en su posición de cénit, pues la claridad del exterior se intuía cegadora. Aceleró su carrera espoleado por la promesa del fin del tormento. Todo parecía tocar a su fin; el enmiendo a todo tendría su principio en la salida de aquel infierno de hojas y astillas.

Faltaban ya poquísimas yardas para la salida, casi podía oler el renovado trigo tostarse bajo el estertor del astro rey. Y justo ahí, se manifestó de nuevo aquello. Aquella mirada carmesí, fogosa hasta la ceguera, se interpuso mayor de lo que se había mostrado en el claro ante el villano; vedándole la salida de su particular laberinto del Minotauro.

Redobladamente furiosa, más enardecida y atronante que antes, la pupila examinó con cruel impasividad paralizadora al pobre truhan, a aquel que ya se creía libre de las ataduras de aquella realidad mágica. Flexionándose ligeramente como para coger impulso, resonó de nuevo aquel fantasmagórico y terrible grito, aquella oda al delirio que para Raúl Campos supuso la total e irremediable apoplejía.

En su inmovilidad, fue impiadosamente golpeado por un tronco rojizo, que lo derribó haciéndolo caer boca arriba en un mar de raíces, matas, setos y matorrales que lo abrazaban ya a él directamente, sin ocuparse de agobiar ningún espacio más. Si bien todo esfuerzo por evitar la perdición habría sido yermo, él ya no los intentó. Había sucumbido tanto física como moralmente a la determinación de su fin, a la irreparable pérdida de su ser, a su condena a la muerte y a la desmemoria, a la vejación a través de las bocas y de los años, y finalmente, a caer ante el olvido.

Lenta aunque inexorablemente era enterrado en la tierra, mientras imágenes etéreas de todos aquellos a los que había afligido (¡oh Dios, allí aparecía de nuevo su madre!) se mostraban ante él, que en sus últimas vaharadas, ya en la dudosa y delirante frontera entre esta vida y la otra, comenzó a llorar como un niño para dar la bienvenida a la muerte.

Muerte de azul y rojo, muerte justiciera, pero muerte, ante todo.

Llueven fantasías

Una vida por el momento más corta que la de Cristo, un par de muescas en su pistola y unos breves jirones forzados en el alma; nada grave para un cuerpo que aún relucía jovial y casi inocente dentro de sus quinientas noches de pecado. Un amor de instituto mal curado en cien vigilias de cristal y hielo, la gravedad de los autores románticos y un fatal gusto por sus formas y modales; todo ello males, males que llevaban consigo la penitencia, penitencia que llevaba dentro de sí cierto regocijo en que le hubiera sido impuesta, de tal forma que él notaba cómo los vientos de la incomprensión lo alzaban por encima de la muchedumbre y de sus vanos fines, espurias palabras, yermas existencias.

Casi veinte primaveras colmadas de flores, ora exuberantes, ora patéticas y mustias. Dos décadas comprando tranquilidad a los peores tenderos, una paz interior de un género singular por su monstruosidad exterior. Cuatro lustros errabundos, haciendo de la sátira propósito y alivio y tomando la soledad por bandera.

¿Cuál era para él el significado de la soledad? Se debatía siempre entre diversos camaradas para aliviar sus veladas, siéndole tampoco nada extrañas las mujeres. Y sin embargo, se notaba a merced de la más leve brisa; su soledad significaba la falta de anclas a una tierra, puertos fijos donde arribar tras una nueva tormenta de sentimientos, tras otra orgía de carne y tinta.

Empero, incluso su abandono, ese abandono que debemos denotar como espiritual le divertía; era poético leer cómo aquel Dios al que siempre se confiaba ciegamente le volvía la espalda sin más; cómo la patria nada valía; cómo la distancia emocional  frente a sus amigos y conocidos le aislaba sin oprimirlo, haciendo de su vida un genuino taller de creación. AL fin y al cabo, se le estaba brindando la posibilidad de jugar con las luces de su vida al azar que dictara, de escoger las tonalidades con las que quería observar el cosmos. Se había hecho director e intérprete: más que esculpirse él, él podía tallar el mundo. Atravesaba mil penurias a las que era invulnerable.

¿Y qué era para él ser vulnerable? No se entendía expuesto durmiendo al ras e intemperie, del mismo modo que tampoco se sentía intimidado en los ambientes más dudosos. Su indefensión era interior, estaba en su propia conciencia. Nunca jamás, incluso tras los más bacanales y eróticos festivales había oído su propia voz hueca, temblorosa, pálida, etérea e inmaterial. Nunca se le había aparecido la conciencia como remordimiento por sus pensamientos, palabras obras y omisiones. Nunca nada más allá de las meras inoportunidades mundanas. Sabía manejar el mecanismo de su mente a su arbitrio, ocupándola en asuntos que juzgaba mejores.

Hasta entonces.

En cierta ocasión oyó retumbar en su pecho el eco de una llamada desatendida, de una petición descuidada, al fin y al cabo, por primera vez, una protesta de su más íntimo yo contra las capas superiores. En qué consistió tal revelación y en virtud de quién le fue dada es algo que no nos compete en este exacto momento: baste con decir que el perdón, aquella palabra desprovista de significado para él, y que no le había importado dar cuando le había sido pedida, fue algo con lo que ya nunca se pudo agasajar a sí mismo. Jamás podría dejar a la perdición de la memoria aquel verano que ya había acabado hace algunas lunas. Nunca olvidó aquel paso inocente. Nunca aquella voz melodiosa e inmaculada. Nunca la delicadeza de aquel ser al que había escupido vanidosamente de todo lo suyo. No, nunca volvió a vivir en paz.

Y así, por gracia de aquellos cabellos como de seda y mirada de azabache, labios de puro púrpura hecho carne y piel de lino, su sueño de quebró. El mundo adoptó un nuevo sino, y con él, su destino cambió del mismo modo. Las noches eran largas y meditabundas, sucumbió a una catalepsia en la que incluso en la inconsciencia no hallaba descanso. Su razón se agudizó como parte de la condena, haciéndole contemplar la tragedia de su vida en toda su amplitud. La lírica se tornó oscura, y como un Quijote se abandonó a la obsesiva entrega a los libros, con la salvedad de que los suyos le empujaban a una utopía en cuyo horizonte sólo hallaba más desesperación. Todas la ensoñaciones, la levedad vapórea del mundo que había habitado se enfrió en los cielos que entonces ocupaba, consolidándose, cayendo sobre él con toda la gravedad de su vida antes nunca soportada. Sus hombros no estaban entrenados en la palestra de la seriedad y la depresión, y rindiéndose ante la insoportable realidad, notó la llamada de la locura a su puerta.

Y llegó hasta ese extremo en que la vida deja de ser vida, donde el hombre ya no es ni la sombra de su enfermedad bajo un sol al borde del ocaso. Y murió de la forma más cruel que el destino puede deparar a un hombre: murió de olvido

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Este no es un relato moralista, es sólo la brevísima historia de un hombre que tuvo un desengaño amoroso con la realidad.

Más allá del Paso de Calais

Nunca he visitado las Islas Británicas. De hecho, mi conocimiento de primera mano de lo que sobrepasa las fronteras de mi nación política se reduce a una exigua noción de lo galo y a una breve inspección en ese diminuto y fiscalmente terrible complot pirenaico; pero eso es harina de otro costal.

Lo que ocupa mi mente a estas horas nocturas, casi impúdicas para el buen Lord, es lo mucho que un lector puede llegar a elucubrar sobre la tierra que en páginas ha visto, con la que en letras a soñado y, en definitiva, a la que ha viajado sobre papel. No puede dejar de ser curiosa al menos esta imaginería creada en tinta, una realidad tal vez descubierta o quizá genuinamente aparecida en líneas como un producto quijotesco. Mi verdadera inquietud ahora es: ¿cómo de fiel será esta percepción? ¿Me decepcionaría lo mundanal de aquellos lares que en mi mar de ensoñación he creado? ¿Quiero realmente dar una respuesta a estos interrogantes o prefiero sumirme en la falsa felicidad de la inopia, siempre con la herida supurante de la pereza intelectual? Sinceramente, no me veo capacitado en este punto para resolver estas intrigas, aunque es mi voluntad hacerlo. Sin embargo, en tanto postergo esta terrible decisión, me voy a recrear un poco (mucho) en la narración de mi fantasía lectora, de mi mundo cuasionírico, de ese compendio de sucesos íntimos que acaecen en la mente de uno mientras comparte la intimidad de unas hojas.

Como caso y ejemplo más cercano, me decanto por el de las ya mencionadas Islas Británicas. Pongámonos en antecedentes: mi descubrimiento primero de esos neblinosos terrenos se produce de mano de ese mago adolescente que tantos han venerado y al que yo mismo idolatré. Cogido de la mano de Rowling descubrí como punto más interesante el clima de esas tierras húmedas y frecuentemente inhóspitas. De cómo el verde de una pradera próxima a la casa de los Weasley se puede conjugar con una noche fría y oscura en un castillo en tierras de corte escocés para, en su incesto dar lugar al barro que lo puebla todo durante los meses más fangosos del año. Así, las botas y una capa de tafetán grueso se convierten en el mejor aliado de cualquier poblador del país nuboso, verde y mojado. Sobre los renglones de Mr. Potter descubrí no la magia de los prosaicos e irreverentes, pueriles trucos que tanto desdeñamos los semiadultos (por mucho que hayan hecho nuestras delicias previamente); sino más bien la magia que hay en un castillo encantado por castillo más por encantado: la solemnidad de unos pasos sobre una piedra centenaria, cuyo valor se calcula no por su mineral sino por los ancestrales pies que la han acariciado; el sentimiento de candidez que puede dar el abigarrado pueblecito de Hosdmeade en una tempestuosa tarde de invierno y el abrigo (en ocasiones traicionero) de las estrechas calles londinenses en medio del bullicio de las gentes capitalinas.

Ya más crecido, me enfrenté con el rigor católico del devotísimo Padre Brown y con el estimulante intelecto del en ocasiones delirante Sherlock Holmes. Y creo que ha sido a través de estos dos intrigantes, dos amigos del intelecto ajeno y de los quehaceres del prójimo, que yo me he conseguido perfilar de una manera más exacta (o, como mínimo, más bellamente completa) el universo de lo anglosajón. Fue con la obra de Sir Arthur Conan Doyle que por primera vez me enfrenté a una personalidad inglesa en todo su rigor y en su completa complejidad. Un hombre lacónico, amigo de lo poco ostentoso y de todo aquello que pudiera acrecer su siempre ávida mente, siempre inquieto por adquirir un conocimiento completo de esas escasas cosas que conseguían sacar de su indolencia a su lacónica personalidad. Un original Sir cuyas maneras son las de un auténtico señor feudal, con algunos procedimientos dignos de un cockney de suburbio. Sherlock Holmes se perfila ante mí con un hombre desentrañable, con un código moral tan estricto como incompensible, unas maneras difíciles de adivinar y unas actitudes vitales que, en ciertas ocasiones, alguno podría tachar de inaceptables. De mano de esta misma creación me sumergí en los barrios populares de la gran ciudad británica: el hollín que se mezcla con los cracos para formar un agua contaminada y negra, los trabajadores del ferrocarril y de las fábricas que sirven de contrapunto a los habitantes de los palacetes con su lengua de original brutalidad y su desmedido gusto por la bebida y el salvajismo. Podríamos concluir que Sherlock no es sólo una magnífica pieza de la literatura detectivesca: es una antología de todo lo inglés

El segundo mentor de mi segunda etapa fue Chesterton, que se hizo presente en mí mediante ese pequeño párroco católico en un mundo protestante, un sacerdote rural, un hombre eminentemente modesto lleno de candor y sagacidad a partes iguales. ¿Una oda a la doctrina papal? Tal, vez, pero ni encasillemos ni desmerezcamos la pieza. Los relatos del Padre Brown son una muestra de ese británico calmado, de pocas palabras y genialmente sencillo, hasta tal punto que parece usar su humildad como instrumento para hacer que su habilidad mental parezca aún más meritoria. La piedad religiosa que rodea a toda la obra aparece casi como inmediatamente concluida de su infinita rendición ante los cielos, de la noción de su pequeñez y de la asunción de que poco vale ante la inmensidad del cosmos y de El Creador. Y es sólo de esta manera, a partir de una falta total de vanidad, tal que no parece conocer límites, que este pequeño hombre de Dios de Essex se perfila como un intelecto que empata a Holmes y que, ante todo, deja un retrato sin igual de la erudita ancianidad inglesa: pequeño, pacífico, preocupado enormemente por pertrecharse por su paraguas e indiferente ante los impulsos que dominan a sus compañeros de especie, este santo isleño aparece ante nosotros como el que pone una gota de cordura entre las bravas gentes villanas, rudas y sanguíneas  como perfectamente describe a lo largo de los capítulos Chesterton. Mediante su ángel, conocemos los demonios de Inglaterra y sus vergüenzas. Un discípulo de Roma se desvela como el mejor instrumento para diseccionar la esencia pecaminosa del pueblo más allá del Canal de la Mancha.

Lo que no me da reparo concluir es que, acertada o errónea, no existe mayor maravilla que hacerte viajero entre páginas. Sale barato, es entretenido, regresas cuando quieres al calor de tu hogar y, sobre todo, visitas los lugares que quieres y  se dibujan tal y como los imaginas.

Lecho seco

Las tardes de tu olvido han limpiado toda ilusión de mis sábanas. La noche sin luna, o siempre nublada, ha amansado al lobo que en mí habitaba. Lupus ahora can, descorazonado, vacío de valentía: ha perdido su libertad.
Los cristales moteados de mi almena, en este castillo de desesperación son el filtro con el que veo mis días consumirse como hoja seca pasto de las llamas. Un breve crepitar que precede a la más absoluta de las muertes: Caer en la desmemoria. También se erigen como el abrigo de mi mirada, encendida cada vez que se intuyen tus piernas pasar por el empedrado que enfrenta esta cueva, que algún día fue nuestro hogar. “Remordimientos” tal vez no sea la palabra más acertada, ya que la primera vez que hinqué la dentadura de mi pensamiento con profundidad en el envenenado manjar de lo que había ocurrido, sentí como se quebraba en mí la boca, el estómago y hasta el espíritu.
Luego toma poder la cabeza y los ojos apagan su fulgor. Tu paso se acelera en la dirección contraria en la que solía correr a mí. Tu postrero paso y final salto ahora pertenecen a otros brazos; el mecenazgo de tu risa ha cambiado de patrón; y el patrón de tus pulsaciones ya no tiene el compás de las mías. Yo nunca fui un gran entendido en música, pero comprendía perfectamente los ritmos resonantes en nuestras cajas, desentrañaba la complejidad de nuestros ecos en la posteridad, valoraba en su justa infinita medida el deleite de tu mera escucha.
Mi cuerpo ha decaído entero, ha desfallecido en materia. Mi ánimo está apolillado, carcomido por el paso de sensaciones huecas, sonidos sordos que han apuñalado a Marte con las flechas de Cupido.
Y sin embargo, hay algo en mí que sigue indemne: la certeza de que éramos, somos y seremos sinergéticos; la evidencia de que aprenderemos a vivir separados e incluso llegaremos a disfrutar de ello. La aplastante realidad de que si este ostracismo de uno de la piel del otro es así, es de buena cuenta por culpa mía. Abrumados en la bruma de nuestros días soleados. Indiscutible también que siempre seremos menos aislados. ¿Lo siento?

Mi primer motor

Ya no el estudioso, sino el mero curioso advierte con cierta facilidad que todos los pilares que cimentan los diversos modos de concepción del mundo tienen una base que descansa sobre axiomas, verdades aprioristicas no sostenidas por más argumentación que la creencia de la inocente oveja que sigue fiel el dictamen de su pastor. Para las distintas escuelas filosóficas han habido pluralidad de pruritos, desde la bondad y perfección de Dios hasta la capacidad cognitiva del hombre pasando por los supuestos hedonistas o epicureístas.

De todo lo anterior parece complejo deducir algo concreto aparte de la propia mudabilidad del pensamiento, de sus rarezas y de lo arduo (y a la postre estéril) de alguna fórmula reductora de éste chaos de visiones. Ni siquiera las fórmulas eclécticas parecen una vía loable por los evidentes problemas de coherencia interna y externa que suscitan. Una vez reflexionado esto, parece que caigo de bruces, o al menos asomo las punteras al cañón del nihilismo.

Sin embargo, lejos de deslizarme por pozos de negación y perder la ilusión por la razón y el conocimiento, me inclino ante la venerable duda planteada en la época helenística por uno de los maestros más comentados y estudiados por todo aquel que se haya asomado al mundo de las ontologías. Ya en el s.IV aC Aristóteles elaboró una exposición sobre todo lo que es y existe colocando como vértice superior de su pirámide una sustancia inmóvil, pura y perfecta, el “primer motor” que dotaba de movimiento a todo lo demás. Aunque en un principio referida a cuestiones físicas, el modelo aristotélico del cosmos es susceptible de una abstracción muy interesante.

Aunque las ideas de “motor” y “móvil” e “inmóvil” nos trasladen rápidamente al mundo de la mecánica, no es demasiado arriesgado a mi juicio (y al de Santo Tomás de Aquino tampoco) asemejar ese último motor con la idea fundamental de validez de otros pensadores como Kelsen o, descensiendo más al mundo de lo cotidiano, igualar esta figura lógica con todo aquello que los legos en filosofía priorizan sobre todo lo demás. Por extravagante que resulte el símil entre mencionado concepto de la Metafísica y la rutina del obrero, el ganadero, el agricultor o el oficinista, no me parece menos válida.

Si algo iguala a todo Homo sapiens sapiens es que todos ellos tienen (tenemos) algo en su vida. Me niego a proclamar un por lo que vivir o un de acuerdo a lo que vivir porque no hallo diferencia sustancial alguna entre las trascendencias teleológicas y moralistas. Lo verdaderamente interesante descansa sobre el propio contenido material de la existencia.

Si tratamos de individualizar la teoría arriba propuesta, los óbices encontrados en dicha vesania no serán anecdóticos. Ello se explica con la imaginable esterilidad de una eventual encuesta popular encabezada con un “¿Qué hay en su vida?”. La propia ambigüedad de la pregunta y su vasta amplitud atemorizan, y más que ello, aturden al hombre de a pie; y sin embargo, no por ello hemos de presumir una respuesta real negativa o carente de contenido.

Descendiendo ya al mundo de mis meras conjeturas y rebajando el tono monstruosamente impalpable de los párrafos suprayacentes, oso aventurar un primer motor latiente en todo ser humano, un primer supuesto más que razón, meta o causa de su sino. Descartando de antemano ya una lista taxativa por inconmensurable, una ejemplificación de estos motores tiene muchas papeletas de tornarse en retahíla; desde ideas sentimentales hasta personas recorriendo el sendero del triunfo y la sabiduría o los casos de fervor religioso.

¿Mi primer motor? El perdón.

Otras estaciones.

En ocasiones me asombro con la misma perplejidad del hombre de interior que ve el mar por primera vez de lo instrumental de mi cuerpo. Lo fútil, relativo, vehicular.

Recuerdo con admiración el pasado de mis pensamientos, aquel tiempo en que todo lo que existía se reducía a un exiguo puñado de realidades (triviales ahora, vitales entonces) que flotaban en armoniosa sencillez alrededor del único punto original, genuino y con capacidad de aportar una visión correcta del cosmos: yo.

Digo que parece que sueño cuando me doy cuenta de que mis ojos son los que eran hacen una década porque en verdad parece inverosímil. ¿Qué es el aprendizaje más que una serie de curas de humildad, a cada cual de ella más cruda y memos infantil? ¿Qué es madurar más que pudrir nuestra verdez? Las cristaleras son las mismas, pero las imágenes que se proyectan sobre la retina han sufrido una metamorfosis hacia el norte.

Allí donde de infante me veía como Rey, Señor y Juez hoy no soy sino la caricatura ya no de un hombre, sino de un asno que a cada rebuzno engreído se sorprende del eco estúpido e insignificante del sonido que hace escasos segundos esperaba tan bello, poético y trascendental.

Crecer es buscar “desengaño” en el diccionario y saber después que uno ha hecho un esfuerzo inútil, pues el conocimiento ya le venía de antemano. Vivir en la soledad de uno mismo, su orgullo y su mente es hacerse mayor, y en la medida en que estas situaciones nos vienen impuestas desde nuestro fuero externo, me veo obligado a asegurar de que envejecemos tanto como nos envejecen.

Ahora las ventanas desde las que contemplamos nuestro pueblo están gastadas por el tiempo. El mate de hoy se ha apoderado del vidrio traslúcido y ya no conocemos nada, al menos no con aquella seguridad  pueril que tanto nos reconforaba. Hoy dudo de todo, nihilista me miro al espejo y ya no sé ni mi reflejo, no aseguro ni mi imagen ni mi pensamiento. El interrogante se ha apoderado de mi ser y se erige como mi sino; y cada vez que creo dar algo por cierto no acierto a despejar la incógnita de si se tratará de una añagaza de mí mismo contra mí.

Y después de todo, tampoco os sé concluir si es algo bueno o malo.

¿Por qué celosos?

Tal vez los vientos de este Sur se hayan llevado en sus alisios azotares la última cuerda que me ataba al mundo que ve la masa. O quizá el calor de estas tierras, doradas en sus frutos y cobrizas en su superficie, haya felizmente abrasado esa postrera soga que mantenía a mi más entrañable yo cautivo de esta ficción. La sencillez (bendita) de las gentes meridionales, con su pelo carbonado, su faz olivada (casi como místico tributo, bella alegoría del manjar que tanto les ha brindado), sus maneras antónimas de la soberbia y su ovalada, larga y sempiterna sonrisa me ha regalado, espero que más que durante mi estancia, esa clase de paz y ¿felicidad? que a uno reconfortan sólo cuando siente que su universo es armonioso y carente de envidias. O podríamos, siendo más realistas, atribuirle la metamorfosis del espíritu a una serie de afortunadas decisiones y no menos agraciadas casualidades, bendita coincidencia que desde un tiempo me exprime en la noche y por la que no paro de sentirme el actor mejor tratado por el destino de esta compañía que a todos nos emplea.
Dicen los científicos que sólo del “método” se extraen verdades. Y también que la poesía no mejorará el mundo. Y dicen los poetas que la Ciencia es fría, una calamidad en cuanto a sentimientos; y que los caminos que (impolutamente) pueda levantar sólo nos conducirán a un precipicio; la más elegante y técnica de las formas en las que puede despeñarse una civilización, eso sí.
No veo en ninguna de las dos posturas un dechado de buena fe; y aún menos que de bondad, de inteligencia. Debería plantearse el artista de las letras, si no hay algo de su encanto en cómo el hombre de laboratorio va suprimiendo las impurezas de sus materiales, jugando con los estados, las propiedades y las sensaciones, cómo en un alarde de frenesí va obteniendo unas pequeñas conclusiones, en cómo sintetiza lo que antes era una maraña sin sentido, en la manera en cómo reduce la complejidad para hacer un mundo mejor. Y sería positivo que el ingeniero se percatara de algo de su diligencia, de su obrar metódico y arduo en el proceder de los promiscuos de pluma. Difícil será que acabe negando algo suyo en la persona que experimenta con las vivencias, recoge, acumula y estudia sentimientos y aún vidas completas para, aportándoles su contribución y el inconfundible toque genuino de cada maestro, mostrarnos todos los rompecabezas del mundo, al menos, en hojas de papel.
El ejemplo que acabo de ilustrar, ciertamente prosaico y no sé hasta qué punto acertado, es una muestra más de esa sombra que se extiende sobre nuestro mundo, el fantasma de la codicia de lo ajeno y el celo sobre lo propio que atosiga y casi necrosa todas las nobles intenciones que alberguemos. ¿Por qué no regocijarse en la majestuosidad de la creación, incluso de la mera forma ajena? ¿Qué razón nos empuja a defender todo aquello que vivimos (estúpidamente) como exclusivo de una forma canina, aún primitiva?
Somos acreedores de muy poco y deudores de casi todo. Incluso aquello de lo que vigorosamente nos proclamemos legítimos propietarios por haber salido en último término de nuestras manos no es sino el producto agregado de todos nuestros maestros, la suma de todas sus lecciones y, quizá, una chispa de genialidad nuestra. Por muy innovadores, originales, únicos que nos pretendamos, nuestro tesoro pertenece a todos aquellos que nos han hecho como somos, de una forma u otra. Y me atrevo a aventurar que esa es una de las curas de humildad más necesarias en unos tiempos tan sumamente egoístas; sólo seremos capaces de correr y esforzarnos como si nos fuera la vida en ello cuando sepamos que habrá alguien al final para recoger el testigo, imparables son aquellos que ven lo suyo como algo pequeño, diminuto pero poderoso engranaje que se inserta mágicamente en la construcción de un todo filantrópico, una construcción que saca su infinita majestuosidad de la ardua laboriosidad de cada uno de sus admirablemente sencillos partícipes.